29/01/2007

2 de Febrero: Fiesta de la Candelaria, La presentación de Jesús en el Templo.

En la Misa de las 7 de la tarde: invitación a participar en la Celebración de la Eucaristía especialmente a las familias que durante el año pasado han presentado a sus hijos a la Iglesia, para el Bautismo.

 

Esta costumbre tiene su origen en la celebración litúrgica de la fiesta de la purificación y la presentación del Niño Dios al templo.

En tiempo de Jesús, la ley prescribía en el Levítico que toda mujer debía presentarse en el templo para purificarse a los cuarenta días que hubiese dado a luz. Si el hijo nacido era varón, debía ser circuncidado a los ocho días y la madre debería permanecer en su casa durante treinta y tres días más, purificándose a través del recogimiento y la oración.

Ya que se cumpliera la fecha, acudía en compañía de su esposo a las puertas del templo para llevar una ofrenda: un cordero y una paloma o tórtola. Con respecto al niño, todo primogénito debía ser consagrado al Señor, en recuerdo de los primogénitos de Egipto que había salvado Dios. Lo mismo pasaba con los animales primogénitos.
José y María llevaron a Jesús al templo de Jerusalén. Como eran pobres, llevaron dos palomas blancas. Al entrar al templo, el anciano Simeón, movido por el Espíritu Santo, tomó en brazos a Jesús y lo bendijo diciendo que Él sería la luz que iluminaría a los gentiles. Después, le dijo a María que una espada atravesaría su alma, profetizando los sufrimientos que tendría que afrontar.

Explicación de la fiesta:

El día 2 de febrero de cada año, se recuerda esta presentación del Niño Jesús al templo.. También ese día, se recuerdan las palabras de Simeón, llevando candelas a bendecir, las cuales simbolizan a Jesús como luz de todos los hombres. De aquí viene el nombre de la "Fiesta de las candelas" o el "Día de la Candelaria".

Es una fiesta que podemos aprovechar para reflexionar acerca de la obediencia de María y para agradecer a Jesús que haya venido a iluminar nuestros corazones en el camino a nuestra salvación eterna.

 

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Día 3 de Febrero: San Blas.

CELEBRACIÓN DE SAN BLAS EL DÍA 3, SÁBADO A ALS 11:30 H.

Blas significa: "arma de la divinidad".(año 316)

San Blas fue obispo de Sebaste, Armenia (al sur de Rusia).

Al principio ejercía la medicina, y aprovechaba de la gran influencia que le daba su calidad de excelente médico, para hablarles a sus pacientes en favor de Jesucristo y de su santa religión, y conseguir así muchos adeptos para el cristianismo.

Al conocer su gran santidad, el pueblo lo eligió obispo.

Cuando estalló la persecución de Diocleciano, se fue San Blas a esconderse en una cueva de la montaña, y desde allí dirigía y animaba a los cristianos perseguidos y por la noche bajaba a escondidas a la ciudad a ayudarles y a socorrer y consolar a los que estaban en las cárceles, y a llevarles la Sagrada Eucaristía.

Cuenta la tradición que a la cueva donde estaba escondido el santo, llegaban las fieras heridas o enfermas y él las curaba. Y que estos animales venían en gran cantidad a visitarlo cariñosamente. Pero un día él vio que por la cuesta arriba llegaban los cazadores del gobierno y entonces espantó a las fieras y las alejó y así las libró de ser víctimas de la cacería.

Entonces los cazadores, en venganza, se lo llevaron preso. Su llegada a la ciudad fue una verdadera apoteosis, o paseo triunfal, pues todas las gentes, aun las que no pertenecían a nuestra religión, salieron a aclamarlo como un verdadero santo y un gran benefactor y amigo de todos.

El gobernador le ofreció muchos regalos y ventajas temporales si dejaba la religión de Jesucristo y si se pasaba a la religión pagana, pero San Blas proclamó que él sería amigo de Jesús y de su santa religión hasta el último momento de su vida.

Entonces fue apaleado brutalmente y le desgarraron con garfios su espalda. Pero durante todo este feroz martirio, el santo no profirió ni una sola queja. El rezaba por sus verdugos y para que todos los cristianos perseveraran en la fe.

El gobernador, al ver que el santo no dejaba de proclamar su fe en Dios, decretó que le cortaran la cabeza. Y cuando lo llevaban hacia el sitio de su martirio iba bendiciendo por el camino a la inmensa multitud que lo miraba llena de admiración y su bendición obtenía la curación de muchos.

Pero hubo una curación que entusiasmó mucho a todos. Una pobre mujer tenía a su hijito agonizando porque se le había atravesado una espina de pescado en la garganta. Corrió hacia un sitio por donde debía pasar el santo. Se arrodilló y le presentó al enfermito que se ahogaba. San Blas le colocó sus manos sobre la cabeza al niño y rezó por él. Inmediatamente la espina desapareció y el niñito recobró su salud. El pueblo lo aclamó entusiasmado.

Le cortaron la cabeza (era el año 316). Y después de su muerte empezó a obtener muchos milagros de Dios en favor de los que le rezaban. Se hizo tan popular que en sólo Italia llegó a tener 35 templos dedicados a él. Su país, Armenia, se hizo cristiano pocos años después de su martirio.

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25/01/2007

Jornada de la Infancia Misionera, domingo 28 de enero


Cuando Jesús hablaba con sus discípulos lo hacía por los caminos de Galilea, Judea, Samaria... No permitía que se le interrumpiera en su reflexión puesto que les iba enseñando a ser 'misioneros de su evangelio', es decir, portavoces de su mensaje y de su vida. Muchos días paseaban y paseaban y siempre tenían un tiempo de reposo para poder comer y en alguna circunstancia, tan interesante les había parecido su palabra y sus discursos, que hasta comer se les había olvidado. Es entonces cuando Jesús les invita a sentarse y realiza el milagro de la multiplicación de los cinco panes y dos peces donde había más de cinco mil personas.

El lema que hemos escogido para la "Jornada de Infancia Misionera" es muy sugerente y puede resultar -pedagógicamente hablando- una buena catequesis para los niños que se sorprenden ante la mirada de Jesús. Ponerse en camino es romper con las comodidades y salir de uno mismo para abrir la vida hacia metas más altas que las que nos ofrece el egoísmo. Cuando uno camina hace la experiencia de ruptura con las ataduras del pasado y se adentra mucho más en el presente que le toca vivir. Quien camina se une a otros para sobrellevar juntos la dureza de la subida, las facilidades de la bajada y la relajante llanura que armoniza a una y a otra. Quien camina tiene opción a llegar a la meta, quien se para y se anquilosa no realizará su sueño dorado por muchas justificaciones que ponga.

Ser misionero supone un "camino a recorrer". Durante el viaje, ocurre lo mismo que a los discípulos de Jesús, se presentan tareas, enseñanzas, momentos duros y compromisos que se adquieren. Un misionero no se fía de sí mismo sino que pone todo su empeño en seguir los pasos del Maestro y a su disposición pone todo su trabajo y esmero. Recuerdo la experiencia de una misionera que su única labor era la de recoger, por las calles, a niños abandonados. Ella me decía que no tenía nada cuando llegó a la misión pero al poco tiempo el comedor, donde acogía a estos niños, se fue llenando y siempre tenía comida para darlos. Ahora son más de quinientos a los que alimenta diariamente. Se sorprende de cómo les puede sustentar. Tiene muchos benefactores que la ayudan de forma anónima. ¡Un auténtico milagro!

De estas experiencias podríamos comunicar muchísimas. No hay duda que quien camina con Jesucristo encuentra, en su recorrido, la fuerza de su presencia y el milagro de su recompensa. Caminar con él es vivir una experiencia gozosa y con frutos que son muy abundantes. Él toca los corazones más allá de nuestras percepciones y basta ponerse en el camino de la caridad que premia siempre -con sorpresas imprevisibles- a los que se fían de él. Basta ponerse en camino que uno ya es misionero. Desde niño me sentía atraído a vivir al estilo de los misioneros; me fascinaban, me hacían sentirme mejor. En ellos veía como una ráfaga de luz que iluminaba el mundo. Ahora comprendo lo que dice Jesucristo: "Yo soy la Luz, vosotros sois luz del mundo".

Ser misionero es llevar esta luz por doquier y ésta no se basa en realizar muchas actividades como si de un vendaval se tratara sino la de manifestar que quien ama y ama de verdad por amor a Jesucristo los frutos serán numerosos. Mirar al pobre con la fuerza amorosa de Dios es la actitud fundamental del misionero.
Las experiencias de los misioneros manifiestan esa relación que va, poco a poco, haciendo de los hombres y mujeres un espacio de libertad y de amistad. De nuevo me viene a la memoria la conversación que tuve con un religioso que trabaja en África. La pasión fundamental de este hombre era estar al lado de los que sufren. Durante varios años no hizo otra cosa. La región era muy dura en pobreza y enfermedades. Con el tiempo formó un pueblo de hermanos que ha florecido en paz, alegría y ayuda mutua. Cuando le pregunté si se iba a jubilar, me respondió con una cara de satisfacción: "mi jubilación es estar al lado de esta gente".

El lema que deseamos entre en el corazón de todos los niños de Infancia Misionera es el de ayudarles a entender que para ser 'pequeños misioneros' (así le gustaba llamar a Juan Pablo II a los niños) han de ponerse en camino, es decir, darse a los demás con gestos de amor, porque quien ama es el mejor amigo de Cristo. Caminar es también solidarizarse de ahí que pido a todos los niños de España que se asocien para ayudar, con parte de sus ahorros, a Infancia Misionera y sigan haciendo un fondo común a fin de que muchos compañeros suyos, de otros países, puedan beneficiarse y así ayudarles a salir de sus dificultades. Y también les ruego que se unan en grupos, en sus Colegios o Escuelas, en sus Parroquias o en sus Asociaciones para rezar a Jesucristo por la paz y la armoniosa fraternidad entre todos los pueblos. Si así hacemos seremos misioneros auténticos.

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21/01/2007

22 de Enero: San Vicente Mártir.

 

 

Vicente significa: "Vencedor, victorioso".

San Vicente era un diácono español, y su martirio se hizo tan famoso que San Agustín le dedicó cuatro sermones y dice de él que no hay provincia donde no le celebren su fiesta. Roma levantó tres iglesias en honor de San Vicente y el Papa San León lo estimaba muchísimo. El poeta Prudencio compuso en honor de este mártir un himno muy famoso.

Era diácono o ayudante del obispo de Zaragoza, San Valerio. (Diácono es el grado inmediatamente inferior al sacerdocio). Como el obispo tenía dificultades para hablar bien, encargaba a Vicente la predicación de la doctrina cristiana, lo cual hacía con gran entusiasmo y consiguiendo grandes éxitos por su elocuencia y su santidad.

El emperador Diocleciano decretó la persecución contra los cristianos, y el gobernador Daciano hizo poner presos al obispo Valerio y a su secretario Vicente y fueron llevados prisioneros a Valencia. No se atrevieron a juzgarlos en Zaragoza porque allí la gente los quería mucho. En la cárcel les hicieron sufrir mucha hambre y espantosas torturas para ver si renegaban de la religión. Pero cuando fueron llevados ante el tribunal, Vicente habló con tan grande entusiasmo en favor de Jesucristo, que el gobernador regañó a los carceleros por no haberlo debilitado más con más atroces sufrimientos. Les ofrecieron muchos regalos y premios si dejaban la religión de Cristo y se pasaban a la religión pagana. El obispo encargó a Vicente para que hablara en nombre de los dos, y éste dijo: "Estamos dispuestos a padecer todos los sufrimientos posibles con tal de permanecer fieles a la religión de Nuestro Señor Jesucristo". Entonces el perseguidor Daciano desterró al obispo y se dedicó a hacer sufrir a Vicente las más espantosas torturas para tratar de hacerlo abandonar su santa religión.

El primer martirio fue un tormento llamado "el potro", que consistía en amarrarles cables a los pies y a las manos y tirar en cuatro direcciones distintas al mismo tiempo. Este tormento hacía que se desanimaran todos los que no fueran muy valientes. Pero Vicente, fiel a su nombre, que también significa "valeroso", aguantó este terrible suplicio rezando y sin dejar de proclamar su amor a Jesucristo.

El segundo tormento fue apalearlo. El cuerpo de Vicente quedó masacrado y envuelto en sangre. Pero siguió declarando que no admitía más dioses que el Dios verdadero, ni más religión sino la de Cristo. El mismo jefe de los verdugos se quedó admirado ante el valor increíble de este mártir.

Entonces el gobernador le pidió que ahora sí le dijera dónde estaban las Sagradas Escrituras de los cristianos para quemarlas. Vicente dijo que prefería morir antes que decirle este secreto.

Y vino el tercer tormento: la parrilla al rojo vivo. Lo extendieron sobre una parrilla calientísima erizada de picos al rojo vivo. Los verdugos echaban sal a sus heridas y esto le hacía sufrir mucho más. Y en todo este feroz tormento, Vicente no hacía sino alabar y bendecir a Dios.

San Agustín dice: "El que sufría era Vicente, pero el que le daba tan grande valor era Dios. Su carne al quemarse le hacía llorar y su espíritu al sentir que sufría por Dios, le hacía cantar". Si no hubiera sido porque Nuestro Señor le concedió un valor extraordinario, Vicente no habría sido capaz de aguantar tantos tormentos. Pero Dios cuando manda una pena, concede también el valor para sobrellevarla.

El tirano mandó que lo llevaran a un oscuro calabozo cuyo piso estaba lleno de vidrios cortantes y que lo dejaran amarrado y de pie hasta el día siguiente para seguirlo atormentando para ver si abandonaba la religión de Cristo. El poeta Prudencio dice: "El calabozo era un lugar más negro que las mismas tinieblas; un covacho que formaban las estrechas piedras de una bóveda inmunda; era una noche eterna donde nunca penetraba la luz".

Interviene Dios. Pero a medianoche el calabozo se llenó de luz. A Vicente se le soltaron las cadenas. El piso se cubrió de flores. Se oyeron músicas celestiales. Y una voz le dijo: "Ven valeroso mártir a unirte en el cielo con el grupo de los que aman a Nuestro Señor". Al oír este hermoso mensaje, San Vicente se murió de emoción. el carcelero se convirtió al cristianismo, y el perseguidor lloró de rabia al día siguiente al sentirse vencido por este valeroso diácono.

San Vicente: ¡que nos consigas del cielo la gracia de Dios que nos vuelva muy valientes para proclamar nuestra fe!

 

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20/01/2007

20 Enero: San Sebastián, soldado martir. Año 300.

 

 

Se dice de él que entró a la vida militar para poder ayudar a los cristianos que estaban prisioneros. Una vez un mártir estaba para desanimarse a causa de las lágrimas de sus familiares, pero el militar Sebastián lo animó a ofrecer su vida por Jesucristo, y así aquel creyente obtuvo el glorioso martirio. Dicen los antiguos documentos que Sebastián era Capitán de la Guardia en el Palacio Imperial en Roma, y aprovechaba ese cargo para ayudar lo más posible a los cristianos perseguidos.

Pero un día lo denunciaron ante el emperador por ser cristiano. Maximino lo llamó y lo puso ante la siguiente disyuntiva: o dejar de ser cristiano y entonces ser ascendido en el ejército, o si persistía en seguir creyendo en Cristo ser degradado de sus cargos y ser atravesado a flechazos. Sebastián declaró que sería seguidor de Cristo hasta el último momento de su vida, y entonces por orden del emperador fue atravesado a flechazos. En Roma le levantaron desde muy antiguos tiempos una basílica en su honor. Ha sido invocado por muchos siglos como su Patrono contra las flechas envenenadas y para librarse de plagas y enfermedades. San Ambrosio pronunció hermosos sermones acerca de San Sabastián. Es patrono de los arqueros, los soldados y los atletas.

El nombre "Sebastián" significa: "Digno de respeto. Venerable".

 

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16/01/2007

SEMANA DE ORACION POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS, 18-25 de Enero

«Cristo nos ilumina a todos»

Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal para las
Relaciones Interconfesionales con motivo de la
Semana de oración por la Unidad de los Cristianos

18-25 de enero de 2007


Un año más la Semana de oración por la unidad de los cristianos viene a colocar ante todos los cristianos la unidad visible de la Iglesia como meta del ecumenismo. Los discípulos de Cristo no podemos volver la vista atrás tentados por la seguridad de un pasado sin relaciones entre las Iglesias. Todas las grandes comuniones eclesiales aspiran hoy a reconocerse recíprocamente como «iglesias hermanas», y hemos de realizar cuanto esté en nuestras manos para lograr que llegue el momento en que todas las Iglesias cristianas puedan reconocerse mutuamente como una sola comunión en la fe y una misma realidad eclesial.

1. Proclamar el Evangelio unidos para que Cristo ilumine a todos es caminar hacia la unidad visible bajo la acción del Espíritu

No podemos sucumbir al desánimo aun cuando las etapas que faltan sean todavía de larga duración, porque las ya recorridas nos estimulan a completar la carrera, que sólo podremos concluir con éxito si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, verdadero intérprete de la voluntad de Cristo para su Iglesia en cada momento histórico: "Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17,26).

El Espíritu que procede del Padre es el que dispone a los discípulos a recibir el amor del Padre en el reconocimiento de Jesús como Hijo de Dios, aquel en quien el Padre ha dado la mayor muestra de amor al mundo. Nada podremos hacer sin la guía del Espíritu Santo, por cuya acción espiritual en nosotros podemos permanecer unidos a Cristo. Los cristianos hemos de suplicar con constancia la asistencia del Espíritu del Padre y del Hijo para que nos vaya señalando en cada momento histórico lo que conviene hacer para que la proclamación del Evangelio llegue a los hombres de todas las culturas, mentalidades y religiones. Daremos pasos firmes hacia la unidad de la Iglesia si a todos los cristianos nos une la misión para la que hemos sido enviados por Cristo: la evangelización del mundo.

Respetuosos con los creyentes de las diversas religiones y con cuantos se declaran agnósticos o no creyentes, los cristianos estamos llamados a ofrecer el testimonio de Cristo como "único mediador entre Dios y los hombres, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos"(1 Tim 2,5-6); pues siendo Dios "nuestro Salvador" (1 Tim 1,1) y "Salvador de todos los hombres, principalmente de los creyentes" (1 Tim 4,10), "no se nos ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo por el que podamos ser salvados" (Hech 4,12). Así hemos de proponer a Cristo como único redentor del género humano, fiados de su palabra siempre eficaz y la señal de sus milagros, que hacían exclamar a cuantos le seguían admirados: "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos" (Mc 7,37).

2. Orar por el éxito del encuentro entre las Iglesias de Europa en Sibiu para que se fortalezca el testimonio de las Iglesias en Europa

La III Asamblea Europea de Iglesias, cuyas fases preparatorias hemos empezado a recorrer, nos convoca a acudir al encuentro con los otros cristianos del Continente que tendrá lugar en la ciudad de Sibiu, en Rumania, el próximo septiembre de 2007, para juntos mirar hacia «Cristo, luz que ilumina a todos, esperanza de renovación y unidad en Europa». Con este lema auguramos, confiando plenamente en la acción del Espíritu unificador, una experiencia de gracia que hará crecer la comunión de las Iglesias en Europa. Un encuentro fraterno que las llevará a un mayor compromiso por la nueva evangelización de las sociedades europeas, hoy hondamente afectadas por el espíritu agnóstico del relativismo, la gran tentación de nuestro tiempo. Estamos ante el reto de una ideología que cierra los ojos y los oídos de las personas a la verdad del Evangelio y aleja a las naciones europeas de la civilización cristiana.

Estamos llamados a anunciar a todos que Jesucristo es el Redentor universal del género humano, que a todos ha congregado en el recinto acogedor de su Iglesia una y santa, y a dar testimonio de Cristo de modo acorde con la naturaleza de la Iglesia una. En ella quiso Dios Padre reunir en Cristo a sus hijos dispersos (Jn 11,52), dotándola y enriqueciéndola de los medios de salvación: los sacramentos, medios de gracia por los cuales el Espíritu del Padre y del Hijo realiza la santificación de los creyentes; y servicio espiritual de los ministros ordenados, mediante el cual es Cristo mismo el que reúne a su Iglesia y se hace presente en ella, para seguir incorporando a la salvación a los hombres de todos los tiempos. A estos medios de salvación el Espíritu del Señor agrega los dones y carismas, mediante los cuales reparte "diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia, según aquellas palabras: ‘A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común' (1 Cor 12,7)" (Vaticano II: Constitución Lumen gentium, n.12).

La búsqueda de la unidad visible viene contribuyendo sobre manera a esta renovación de la Iglesia, que tiene en el Vaticano II un referente permanente, válido para nuestro tiempo. Los pasos que las Iglesias han dado hacia esta unidad fortalecen el testimonio de Cristo como salvador universal de los hombres, luz de las naciones y esperanza de la humanidad y de toda la creación. Todavía queda camino por andar, pero si todos los cristianos secundan la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, Cristo será conocido y amado como el enviado del Padre para la salvación del mundo. Todo cuanto podamos hacer unos cristianos y otros por la renovación de la Iglesia hará resplandecer ante los hombres el misterio de su unidad católica, tal como señaló el Concilio: "Por la fuerza de esta catolicidad, cada grupo aporta sus dones a los demás y a toda la Iglesia, de manera que el conjunto y cada una de sus partes se enriquecen con el compartir mutuo y con la búsqueda de plenitud en la unidad" (Lumen gentium, n. 13).

Estamos plenamente seguros de que la III Asamblea Europea de Iglesias contribuirá a que los cristianos de Europa nos conozcamos más y mejor, para que juntos afrontemos el reto común de nuestro tiempo: conseguir que Cristo siga iluminando la vida de los pueblos que le han conocido y a cuya luz han caminado.

3. El acercamiento entre católicos y ortodoxos acrecentará la comunión de todas las Iglesias

Por otra parte, no podemos dejar de mencionar el éxito del feliz encuentro entre el papa Benedicto XVI y el Patriarca Bartolomé I. La reciente visita del Papa a Turquía para encontrarse con el Patriarca marca, ciertamente, un hito en las relaciones ecuménicas entre la Iglesia Católica y las Iglesias ortodoxas orientales que, con la ayuda del Señor, redundará en un mayor acercamiento por todos esperado de las dos grandes Comuniones eclesiales, que se reconocen recíprocamente como «Iglesias hermanas». Este acrecentamiento de la comunión entre católicos y ortodoxos ayudará al mismo tiempo al crecimiento de la comunión entre las todas Iglesias cristianas. Cuando dos Iglesias se acercan todas se acercan porque los interlocutores se reducen y disminuyen las diferencias.

Encomendamos al Señor los frutos de este encuentro para que el diálogo teológico entre católicos y ortodoxos, acompasado por el diálogo de la caridad y sostenido por la oración ecuménica de todos, lleve a las dos grandes Iglesias a la comunión en la que estuvieron durante el primer milenio de cristianismo. Para cumplir el mandato del Señor de evangelizar a todos los pueblos, católicos y ortodoxos, como han dicho en su Declaración común el Papa y el Patriarca están llamados "reforzar la colaboración y nuestro testimonio común ante todas las naciones".

4. La santidad como medio de lograr la unidad deseada haciendo propia la voluntad de Cristo

Finalmente, queremos recordar a todos que el camino hacia la unidad tiene en la santidad de los discípulos de Jesús el más sólido punto de apoyo y trampolín de lanzamiento hacia la meta deseada de la unidad. El ecumenismo de la santidad es el más eficaz de todos, porque la configuración con Cristo es el medio apto para dar cabida en nosotros a la voluntad de Dios mediante la identificación plena con la mente de la Iglesia Esposa de Cristo.

Sólo mediante la obediencia a la voluntad del Padre, la acción de los cristianos en el mundo producirá sus frutos, pues la entrega a la voluntad de Dios hará que los cristianos vivan la vocación a la santidad como forma perfecta del testimonio de Cristo ante los hombres. Si todos los cristianos nos dejamos guiar por el Espíritu en el ejercicio de esta vocación a ser santos, todos nos encontraremos caminando al unísono y podremos recibir de Dios el don de la unidad visible que buscamos. De esta suerte los hombres reconocerán en la comunión santa y católica de la Iglesia el «sacramento de la unidad del género humano». La Iglesia, unificada en Cristo a imagen de la Trinidad, aparecerá como testigo de Cristo en el mundo, ámbito del encuentro y recinto de la congregación de los hombres y las naciones en Cristo.

 

Adolfo, Obispo de Almería, Presidente
Santiago, Arzobispo de Mérida-Badajoz
José, Obispo de Tuy-Vigo
Román, Obispo de Vic

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14/01/2007

14 de Enero: Una sola Familia

 

 

1. LA REALIDAD DE LA FAMILIA EMIGRANTE

A nadie se le oculta que el fenómeno migratorio está siendo uno de los más significativos del siglo casi recién estrenado. Como un signo de nuestro tiempo, lo calificaba el Santo Padre Benedicto XVI en su Mensaje de la Jornada Mundial de las Migraciones el pasado año.

Dentro del fenómeno general de las migraciones, reviste la familia emigrante una especial importancia por el determinante papel que la misma ocupa en la vida de las personas, en la sociedad y en la Iglesia. En la emigración, la familia sufre por las especiales dificultades que vive, como separación, desarraigo, barreras de todo tipo para la reagrupación, aprendizaje del nuevo idioma, inculturación, adaptación al nuevo ambiente, integración en la comunidad de fe... estas y otras dificultades tiene que superar la familia cuando se ve, toda ella o alguno de sus miembros, sometida a abandonar su país e instalarse en un país extranjero

El Beato Juan XXIII calificó la separación de las familias por motivos de trabajo como una "dolorosa anomalía" poniendo de relieve que cada cual tiene la obligación de tomar conciencia de ella y de hacer todo lo que está en su poder para eliminarla[1]. En este contexto hay que situar la realidad de los emigrantes que abandonan su país de origen en búsqueda de un futuro mejor, de mejores condiciones de vida para ellos mismos y sus familias.

2. SENTIDO DE LA JORNADA

La Jornada Mundial Anual de las Migraciones supone para todos una llamada de atención sobre este fenómeno social de palpitante actualidad, que se está convirtiendo, en palabras del Papa Benedicto XVI, en su Mensaje para esta Jornada, en un "fenómeno estructural de nuestra sociedad".

Es obvio que no podemos conformarnos con celebrar una Jornada al año sobre una realidad que afecta a tantas personas y que está dando una nueva configuración a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia. La Jornada ha de significar, más bien, un momento más intenso, una oportunidad más favorable para conocer más de cerca la realidad, para dejarnos interpelar por ella a la luz de la palabra de Dios, un nuevo punto de partida y una nueva motivación para nuestro compromiso como ciudadanos y como creyentes para todo el año.

Al escoger como tema para la Jornada de 2007 "la familia emigrante", el Santo Padre pretende invitar a toda la Iglesia a "acentuar su compromiso no sólo a favor del individuo emigrante, sino también de su familia, lugar y recurso de la cultura de la vida y principio de integración de valores" (Cf. Mensaje, 2007).

Por nuestra parte, los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española nos unimos al Santo Padre, cuando aún resuena el eco de sus mensajes con motivo del V Encuentro Internacional de las Familias en Valencia, e invitamos a todos los católicos en España, especialmente a las familias, y a cuantas personas de buena voluntad quieran escucharnos a adoptar una actitud de cordial acogida y de relaciones fraternas con las familias inmigrantes. Procedentes de los más variados entornos - geográficos, históricos, culturales, religiosos... - poseen nuestra misma dignidad y han de poder disfrutar de los mismos derechos y ser sujetos de los mismos deberes que nosotros y nuestras familias.

3. NUESTRA TAREA

La preocupación de la Iglesia por el emigrante y su familia ha sido una constante a través de los tiempos, sobre todo desde que León XIII en su Encíclica Rerum Novarum (1891) hablara del derecho de la familia migrante a un espacio vital. Esta Doctrina se ha ido desarrollando y enriqueciendo posteriormente hasta nuestros días en el Magisterio de la Iglesia por medio de importantes documentos de los Papas y del Concilio Vaticano II, así como de los obispos a través de las Comisiones Episcopales o en sus respectivas diócesis.

Los inmigrantes católicos han de sentirse desde el primer momento en la Iglesia del país de acogida, en sus instituciones y organizaciones, como en su propia casa, en su familia, con los mismos derechos y obligaciones que los autóctonos y sus familias. El ideal es que lleguen a convertirse en sujetos activos, en la pastoral y la vida de la Iglesia local, plenamente integrados, conservando su carácter específico. Hacemos una especial invitación a las parroquias para que acojan con gozo a las familias inmigrantes, faciliten su progresiva integración en la vida parroquial y en sus estructuras organizativas, fomenten el conocimiento mutuo y la convivencia con las familias locales en orden a constituir una sola familia: la familia de los hijos e hijas de Dios.

Nuestra llamada se dirige también a la Escuela Católica para que sea abanderada en la noble y hermosa tarea educadora de la población escolar inmigrante. La Escuela es un marco privilegiado para el conocimiento y la verdadera integración de niños y jóvenes de diversa procedencia y, a través de ellos y de la propia escuela, de las familias de los inmigrantes.

Tanto la Parroquia como la Escuela Católica y las restantes instituciones eclesiales, comunidades cristianas, movimientos, asociaciones, etc. deben colaborar activamente en hacer realidad lo que afirma S. Pablo en Efesios 2,19: "Ya no sois extranjeros, sino que ahora compartís con el pueblo santo los mismos derechos, y sois miembros de la familia de Dios".

Todo lo anteriormente dicho en relación con las familias inmigrantes que son católicas, es aplicable, con los obligados matices, a las actitudes y comportamientos de las comunidades, instituciones, organizaciones y servicios de la Iglesia Católica con las familias cristianas de la tradición ortodoxa, protestante o anglicana. Somos hermanos en la fe, y ello ha de transparentarse en nuestros comportamientos fraternos.

También los demás inmigrantes no cristianos - creyentes de otras religiones o no creyentes - y sus familias son destinatarios de la misión evangelizadora y de los servicios de la Iglesia y de los cristianos. Todos han de ser objeto de la preocupación de la Iglesia y de sus desvelos de madre. A ellos han de ir destinados también los servicios de la Iglesia en el aspecto sociocaritativo, los de acogida y acompañamiento, o en el defensa de sus derechos. La Iglesia y todos sus miembros somos un importante factor en la tarea de la integración armónica de los inmigrantes y de sus familias en la para ellos nueva sociedad y, dado el caso, en el seno de la comunidad cristiana de su nuevo país.

Hacemos un llamamiento a los responsables de las administraciones públicas y a cuantas personas tienen asignada una tarea en relación con los inmigrantes y sus familias para que establezcan normas justas y medidas adecuadas, que defiendan y tutelen la dignidad y los derechos de los inmigrantes y de sus familias. Invitamos a todos los miembros de nuestra sociedad a ver a los inmigrantes y a sus familias no como una carga o un peligro, sino como una riqueza para nuestra sociedad y a acogerlos cordialmente, a servirlos como hermanos y a facilitarles su pacífica y enriquecedora integración. "Si no se garantiza a la familia inmigrada una real posibilidad de inserción y participación - nos dice el Papa en su Mensaje -, es difícil prever su desarrollo armónico". Reconocemos el valioso servicio de tantas personas que, en las administraciones públicas, en las instituciones y organizaciones públicas y privadas, de la sociedad y de la Iglesia, en el voluntariado o individualmente, a los inmigrantes y a sus familias, tanto en la acogida y acompañamiento, como en el proceso de integración, y otros servicios. Les animamos a continuar en su trabajo y a no desfallecer ante las dificultades. Con el Papa animamos también a los Gobiernos de las naciones a la "ratificación de los instrumentos legales internacionales propuestos para defender los derechos de los emigrantes, de los refugiados y de sus familias". (Cf. Mensaje papal, 2007)

4. ALGUNOS SIGNOS DEL FENÓMENO DE LAS MIGRACIONES EN EL MOMENTO ACTUAL

El Papa, en su Mensaje para la Jornada de las Migraciones de 2007, destaca algunos aspectos, especialmente preocupantes en este momento, del fenómeno de las migraciones tales como la imperfecta o nula integración de la primera generación, que repercute en una deficiente integración de los jóvenes de la segunda generación; la emigración femenina y de niños, más expuestos al tráfico de seres humanos y a la prostitución; el empeoramiento de las condiciones para la integración y la reagrupación familiar de los refugiados, o las dificultades de los estudiantes extranjeros, especialmente de los casados. Para todos pide el Papa atención y medidas especiales de parte de la Iglesia, que les ayuden a recuperar su dignidad, a salir de las situaciones perjudiciales o de riesgo, a defender sus derechos y a vivir una vida personal y familiar digna.

En España seguimos viviendo la situación de numerosas personas que llegan a nuestro país sin los requisitos legales que les garanticen un trabajo y una vivienda dignas y un futuro con esperanza; a veces corren en el camino un riesgo grave, al que algunos sucumben. Con frecuencia son víctimas de desaprensivos que los explotan antes de salir de sus respectivos países, en el camino o en la llegada al nuestro.

Es de alabar la actitud y la respuesta que muchas comunidades eclesiales y otras instituciones, organizaciones y personas, individualmente o en grupo, están dando en todo momento en la medida de sus posibilidades. Felicitamos y alentamos a las delegaciones diocesanas de migraciones, a las Caritas, a las parroquias, a los servicios de la Vida Consagrada... por la labor de acogida, acompañamiento, orientación y por otras respuestas concretas.

Animamos a las comunidades cristianas y demás organizaciones de la Iglesia y a todos los cristianos a que asuman compromisos concretos durante este año a favor de la persona y de la familia católica inmigrante, con el firme propósito de ayudarles a que se conviertan en miembros activos de su nueva familia en nuestra Iglesia.

A nuestros hermanos inmigrantes y a sus familias agradecemos su valiosa aportación a nuestra sociedad, a nuestra Iglesia y a tantas personas como atienden en su enfermedad, en su ancianidad o en sus necesidades, colaborando, incluso en la educación de la familia con la que trabajan. Les animamos a que cuanto antes se sientan entre nosotros como en su propia casa, en su familia, para que, con la ayuda del Señor y en el respeto mutuo, construyamos entre todos una sociedad más justa, solidaria y pacífica y mostremos al mundo una comunidad cristiana de hijos de Dios y de hermanos, unidos por encima de toda diferencia de origen, cultura, raza, religión o nación.

Para terminar, hacemos nuestra la recomendación del Papa Benedicto XVI, en su mensaje para esta Jornada, dirigidas a cuantos trabajan con emigrantes e itinerantes: "La palabra de Pablo "La caridad de Cristo nos apremia" (2 Co 5, 14) los anime a entregarse, con preferencia, a los hermanos y hermanas más necesitados".

14 de Enero de 2007

Los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones

 

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09/01/2007

Domingo 7 de enero: El bautismo de Jesús

En este domingo celebramos la fiesta del Bautismo del Señor y con ella cerramos el ciclo litúrgico de Navidad para comenzar un tiempo nuevo, el tiempo ordinario. En Navidad hemos celebrado el hecho de que la Palabra se hizo hombre. Hemos recordado el nacimiento y la presencia de Jesús entre nosotros. Hoy comenzamos los domingos normales del año con el relato del Bautismo de Jesús en el Jordán, se nos presenta no ya como niño sino como adulto con capacidad de tomar decisiones.

En el texto del profeta Isaías la Iglesia cristiana desde sus inicios ha visto en el "siervo" una imagen de Jesucristo. Su condición de Siervo de Dios, de ungido por el Espíritu, le sitúan en la línea profética del mesianismo. Su misión es hacer triunfar el derecho y la justicia sosteniéndo a los débiles, renovando las esperanzas por mínimas que sean. El poema retoma un lenguaje no por ser conocido menos importante: abrir los ojos del ciego, liberar a los cautivos... todos estos signos nos invitan a los creyentes a reconocer en este Siervo humilde el verdadero rostro de Dios manifestado en la persona de Jesús. La vida del creyente no puede fundamentarse ni tener como referencia el poder, que se manifiesta en la violencia, la sumisión y la exclusión, sino en el derecho a la justicia y la paz que llega a todos, especialmente a los más débiles.

Con el texto de la segunda lectura (Hechos de los apóstoles) subrayamos la historicidad de la fe cristinana. Jesús se nos presenta como el Ungido por el Espíritu, confesar a Jesucristo es en definitiva confesar que el es el Cristo, el Mesías de Dios. La confesión del hombre creyente no se contenta con admirar al hombre Jesús, ni en reducir su actuación a la de otros grandes personajes de la historia. Se nos presenta a Jesús como aquel que pasó haciendo el bien y curaba a los oprimidos y se nos invita no sólo a admirarle como hombre ético sino a creer en Él.

En el texto de Evangelio vemos como el bautismo de Jesús es el momento clave de su manifestación como Hijo de Dios. Lucas contrapone el bautismo de Jesús con la negativa de Juan a ser considerado mesías. El bautismo de Jesús aparece así como el comienzo de un camino que llevará a Jesús a la Cruz y a la Resurrección. Lucas no se limita a recordar un hecho histórico sino que tiene en cuenta otra realidad eclesial: el bautismo cristiano. La novedad del bautismo cristiano es el don del Espítitu, que nos permite reconocer nuestra identidad de hijos y hermanos de Jesús. Para la mayoría de nosotros el bautismo es simplemente algo que ocurrió en nuestra infancia, por eso el punto de partida es tomar conciencia de lo que implica nuestro bautismo: encontrarnos con Jesús, sentirnos atraídos por él, acompañarle, ver como actúa, implicarnos en su proyecto, ser fieles a su estilo de vida...

Ser discípulos, ser bautizados, en la vida de cada día significa no quedarnos de brazos cruzados y estar dispuestos a implicarnos en la aventura de Jesús.

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